Miedo al amor

Dice Amaral que hay demasiados corazones sin consuelo. Algunos podrían decir que es una exagerada, pero yo creo que tiene toda la razón. Si no, párense a pensar por un momento en todas las personas que nos rodean y que sufren por amor. En el cine, en las canciones, en los bares, en el supermercado, en la casa de enfrente, en tu grupo de amigos… demasiados corazones desolados en busca de una señal que les devuelva la fe en el amor y las fuerzas para volver al campo de batalla. Porque con tantos desengaños, tantos arañazos y tantas guerras perdidas no me extraña que muchos le tengan miedo al amor. Aunque yo creía que tras cada sacudida emocional solo era cuestión de volver a ponerse la corona firme y sonreír de nuevo con el corazón bien abierto. Pero existen personas que sí son capaces de destrozarte por dentro y hacerte pensar que ya nunca serás capaz de amar de nuevo.

"Tú me rompiste". (The Carrie Diaries)

“Tú me rompiste”. (The Carrie Diaries)

Después de mi última ruptura desarrollé un mecanismo de defensa contra los sentimientos y todo aquello que me recordara que tenía un corazón latiendo bajo el pecho —y con altas posibilidades de ser dañado—, un término conocido en psicología como filofobia; incluso cantaba de forma obsesiva compulsiva la letra de la gran Tina Turner ¿quién necesita un corazón cuando este puede ser roto? para recordarme que bajo ninguna circunstancia debía permitirme el lujo de volver a enamorarme. Y durante esos meses de transición, en los que intentaba entender cómo era posible amar y odiar a una persona al mismo tiempo, me convertí en una repeledora infalible de hombres buenos —y no tan buenos—. A todos les encontraba un “pero”, una excusa que mi cerebro maquinaba de forma consciente para alejarlos, especialmente a los que tenían potencial de convertirse en algo más que una cita casual para pasar el rato y, así, intentar ahogar el dolor. Demasiado alto, demasiado delgado, demasiado feliz, demasiados dientes, demasiado entregado, demasiado artístico, demasiado peludo… demasiado tonta para darme cuenta de que con mis actitudes estaba echando para atrás a algunos hombres que realmente sí valían la pena y no tenían nada que ver con mi ex. Como me decía mi mejor amiga: “Recuerda que no todos son J“.

Cuando te pones negativa en plena fase post-ruptura... (The Adams Family,

Cuando te pones negativa en plena fase post-ruptura… (The Adams Family,

Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que estaba asustada. Como una niña pequeña que teme a los monstruos que viven en su armario, decidí cerrar la puerta a todos los que llegaban con una flamante sonrisa, palabras bonitas y flores en la mano. No quería nada, no quería a nadie. Necesitaba tiempo para curarme, para frenar la sangre que borboteaba de mis heridas y aceptar el hecho de que el amor a veces duele… y mucho. Porque después de cada ruptura o cada pequeña ilusión que termina en desilusión es imposible no salir lesionado. Quedan marcas invisibles dentro de ti que te recuerdan que, una vez, le diste la vida a alguien que, a cambio, te entregó mil mentiras. Es como si se llevaran un pedacito de ti y ya nada vuelve a ser lo mismo. Nunca volverás a ser tú.

Y pensamos que la mejor opción es recluirse en una cueva de la que no queremos salir por miedo a que algún depredador estuviera al acecho, esperando para hincarnos sus afilados colmillos en la yugular y cazarnos de nuevo. Hasta que un día, cuando menos lo esperas, encuentras a esa persona que hace que te tiemble la sonrisa de nuevo. Que con cada abrazo recompone todos tus pedazos rotos y con cada beso cura las heridas que aún estaban abiertas. Que te dice cosas tan bonitas como “te quiero tal y como eres” o “gracias por aparecer en mi vida”, mirándote a los ojos y regalándote toda la confianza y la seguridad que nadie antes te había transmitido con tan solo una mirada; y en esos momentos no sabes ni qué contestar porque no se puede responder con palabras más hermosas que esas. Y así, sin más, sientes cómo tu corazón empieza a llenarse de latidos —de esos que te ponen los pelos de punta y hacen que te brillen los ojos—, tu piel acepta las caricias de unos dedos que te recorren con ternura y tu cuerpo le da la bienvenida al calor de otro cuerpo que quiere fundirse con el tuyo.

"No tengas miedo de enamorarte. Es lo único que importa en la vida, lo único". (Country Strong, 2010)

“No tengas miedo de enamorarte. Es lo único que importa en la vida, lo único”. (Country Strong, 2010)

Reconoces ese sentimiento, sabes que lo has vivido antes, pero al mismo tiempo es incomparable a todo lo que habías sentido hasta ahora. Tienes dudas, pero cada vez que lo tienes frente a ti sientes cómo se borran de un plumazo todos los temores que te invaden. Como si desenvainara su espada de noble caballero para luchar contra todos tus miedos e ir derrotándolos uno a uno. Hay algo en él, y en cómo te sientes cuando estás con él, que te hace saber que esta vez es diferente. Y no quieres decirlo en voz alta por si acaso, pero le susurras por las noches a tu almohada que él no te va a decepcionar, que no es un ilusionista, que no te va a hacer sufrir como todos los que han jugado contigo antes. Porque, por mucho que pierdas la fe en las relaciones y en los hombres, habrá alguien que llegue a tu vida y te recuerde que a veces sí vale la pena jugársela por amor. Y al final terminarás descubriendo que sí, que a pesar de que una vez te rompieron el corazón, es posible volver a enamorarse.

“Quiero que todo vuelva a empezar, que todo vuelva a brillar…” 

El club de los corazones rotos

Nadie entiende mejor a un corazón roto que otro corazón roto. Fue una de las primeras lecciones que aprendí en el transcurso de mi segunda ruptura amorosa —hasta día de hoy, la peor de todas—. En los primeros meses, cuando más miserable te sientes, cuando crees que te vas a quedar a vivir para siempre dentro de ese agujero negro en el que quedaste atrapada el día que el amor de tu vida decidió dejar de serlo, una de las mejores terapias para sanarte es hablar. Hablar, hablar y hablar. Te da igual que la persona que tienes sentada en frente no te escuche, sólo necesitas a alguien que esté ahí, asintiendo o negando con la cabeza y frunciendo el labio en señal de desaprobación, y que tenga muchos pañuelos a mano para cuando rompas a llorar de forma descontrolada.

4cd1fca02286eae5a6d1debf51cc049a

– No necesito terapia, ¡os tengo a vosotras! + Nosotras estamos tan jodidas como tú. Es como el ciego guiando al ciego.

Puedes hablar durante horas por teléfono, a través de mensajes llenos de emoticonos con caritas tristes y corazones rotos por Whatsapp o sentada frente a un café que sabrá más a lágrimas que a descafeinado de sobre. Puedes hablar con tus amigas solteras, con tus amigas que tienen pareja, con tus amigas que ponen en su estado de Facebook “es complicado“. O, si lo prefieres, puedes hablar con tu madre, con tu abuela, con tus tías… ¡incluso con tu padre! —sonará raro, pero gracias a mi última ruptura descubrí que, en temas de amor, mi padre es un hombre de palabras breves pero sabias—. Pero nunca, nunca, nunca te entenderán como alguien que está sufriendo lo mismo que tú.

Cuando estás desolada, arrastrando tu pena por los rincones de tu casa como un fantasma que lleva atado al tobillo una bola de hierro de 800 kilos, lo último que necesitas oír es: “Tú tranquila, esta noche nos ponemos guapas y salimos en busca de algún tío con el que puedas olvidar al otro imbécil” o “¿Qué haces? ¡Deja de llorar! ¿Te crees, de verdad, que él está llorando por ti? ¡JA! Seguro que le ha faltado tiempo para llevarse a la cama a la primera que se le ha cruzado por delante. ¡Deja de perder el tiempo y ponte las pilas!”. No necesitamos oír nada de eso. No queremos bofetadas de realidad ni camuflar nuestra tristeza con sombra de ojos y pintalabios rojo. Esas palabras nos queman en los oídos, y lo que es aún peor, trabajan como un taladro mezquino haciendo que el agujero de nuestro corazón sea cada vez más grande.

Sabes que lo único que quieren tus amigas es verte bien, porque echan de menos a la chica alegre, divertida y risueña que eras hace un par de meses y que ahora parece haber pasado a mejor vida. Pero te dan ganas cerrarles la puerta y acallar sus palabras. No quieres maquillarte o ponerte tacones y abandonar el abrazo protector de tu pijama —que se ha convertido en tu segunda piel— para salir a la calle a demostrar lo bien que estás; ni tampoco quieres ir a buscar tío buenos porque sabes que aunque te encontraras en la discoteca a Chris Hemsworth disfrazado de Thor o a Channing Tatum bailando en el centro de la pista a lo Magic Mike, lo único que podrías pensar es en cuánto echas de menos al “imbécil” que te ha partido el corazón.

Pero en esos días de fustigamiento autodestructivo, cuando menos te lo esperes, te toparás con alguien que también está en medio de su luto amoroso, y te dará la mano y te ofrecerá un pañuelo para decirte que puedes llorar, que tienes derecho a expresar todo lo que está pasando por tu cabeza y tu corazón en ese momento, y que además ella —o él—, te va a entender. A lo mejor le conocerás de hace un par de horas, o es una antigua compañera de instituto con la que apenas hablabas en tus años de carpetas forradas con las caras de Orlando Bloom y Zac Efron, pero ahora hay algo que les une. Algo tan triste, pero tan poderoso a la vez, como es un corazón roto.

anigif_enhanced-buzz-17752-1407762887-14

“Solo quiero sentirme bien y feliz y viva”. (Uno para todas, 2005)

Si lo piensan por un momento, tiene todo el sentido del mundo. Es como cuando tienes un hobby y buscas un grupo de gente que comparte la misma pasión que tú por la fotografía, la escalada o la saga de Harry Potter, solo que, esta vez, las charlas se centran en torno a un tema bastante menos divertido. Las protagonistas de Sexo en Nueva York hacían lo mismo y las seguidoras de la serie sabrán que nada las unía más que sus historias de desamor; si no, qué habría sido de Carrie sin las terapias de grupo con sus amigas durante las crisis con Mr. Big… Y por eso será que a mí sus capítulos me ayudaban tanto, porque en el fondo sentía que ellas me estaban entendiendo. Porque, de una forma u otra, sus historias reflejaban en la pantalla mi propia historia, y eso me hacía sentir mejor. Me hacía sentir comprendida.

Encontrar ese refugio en alguien que sabes que empatiza con tu dolor y tu rabia, que no te va a juzgar, y que mucho menos te va a estar recordando día si, día también que el antiguo rey de tu cama ahora conquistando otras sábanas, es un paso gigantesco en el proceso de recuperación emocional. A mí me sirvió, y lo más curioso de todo es que lo hallé en la persona menos esperada. M era la mejor amiga de mi ex, pero justo cuando él y yo lo habíamos dejado, ella acababa de terminar la relación con su novio también. Y así, de la noche a la mañana, nos vimos juntas desayunando en una terraza y volcando sobre un cruasán de jamón y queso calentito y varios cafés con leche todo el veneno que nos estaba matando por dentro.

6-John-Tucker-Must-Die

“El chocolate hace que todo sea mejor”. (Todas contra él, 2006)

Era justo lo que necesitaba, alguien que me mirara a los ojos y me dijera sin palabras “entiendo por lo que estás pasando”. A lo largo de varios meses —que yo juraría que fueron siglos—, M se convirtió en un apoyo primordial para mis días de angustia y, sobre todo, en mi rescatadora incondicional para esos momentos en los que mi cerebro decidía boicotearme y echar por la borda todos los pasos avanzados cuando pensaba en escribirle a mi ex un simple “te echo de menos”. “¡Ni se te ocurra! Recuerda, tenemos que ser fuertes”, se apresuraba a responder ella antes de que yo cometiera semejante locura.

No significa que todo el apoyo y las largas charlas con mis otras amigas no sirviera para
nada. Claro que sirve, ¡y mucho! Sobre todo cuando contraatacan tus momentos nostálgicos recordándote aquella vez que el idiota de tu ex —mote oficial elegido en consejo de sabias y empleado por todas las mujeres del mundo para referirse al hombre que le rompe el corazón a una amiga— prefirió salir con sus amigos en vez de ir a cenar contigo en la noche del tercer aniversario, o cuando le descubriste los mensajes de flirteo “inocente” con una de sus compañeras de trabajo. “¿Ves? Si lo mejor que te puede haber pasado es que te dejara. ¿Para qué quieres un novio así?”, suelen concluir firmemente con la esperanza de que eso te haga sentir mejor.

Habrá hombres que lean esto y no lo entenderán. ¿Compartir tu dolor? ¿Hablar de sentimientos? ¿Llorar delante de un amigo? Sabemos que, cuando se trata de hacer frente a situaciones de desamor, ellos prefieren encerrarse en sí mismos y enfocarse en otras actividades para despejar su mente y su corazón. Quizás lloran, quizás no. Es algo que nunca sabremos porque, si lo hacen, será aislados en su habitación, con las persianas bloqueando cualquier señal de luz exterior e, incluso, me atrevería a decir que acondicionan el ambiente con Álex Ubago de fondo —o, bueno, algo un poco más masculino, como Nickelback o Foo Fighters—. Sea como sea, ellos no encuentran consuelo de la misma forma que lo hacemos nosotras.

Las mujeres preferimos reunirnos como los discípulos de Robin Williams en El club de los poetas muertos, con la ligera diferencia de que nuestros encuentros se organizan en torno a montañas de helado o crepes de Nutella y, en vez de leer a los grandes de la poesía para enamorarnos, intentamos sanar nuestras heridas para desenamorarnos.

¿No forma parte del proceso de una ruptura el que tengas vía libre para lloriquear con tus amigas?

Sexo sin amor

Hace seis meses mi amiga C lo dejó con su novio. Desde entonces no ha estado con ningún chico porque dice que no se atreve. O, más bien, que no puede. Cuando le pregunté por qué, me dijo que era por el sencillo motivo de que no puede acostarse con alguien por quien no siente amor, a lo que ella me preguntó: “¿Cómo puedes hacerlo tú?”.

“Eso no ha sido amor. Ha sido sexo…” – Samantha

Debo admitir que la pregunta me incomodó. Cuando escuché la duda saliendo de sus labios automáticamente el Google translator de mi cerebro le dio otra interpretación: “¿Cómo puedes ser tan guarra?”. Aunque yo sé que ella no lo dijo con maldad, sino más bien por curiosidad o inocencia, es inevitable sentirse un pelín juzgada cuando alguien hace ese tipo de comentarios. Como cuando Samantha y Charlotte protagonizaron la mítica pelea de Sexo en Nueva York en la que las dos discutían sobre la importancia del sexo y el valor que cada una le daba. Para Charlotte, el sexo es algo especial, algo así como la celebración del amor que une a dos personas. Según Samantha, también podía ser la celebración de dos personas que aman el sexo.

¿Por qué no? Se supone que todos deberíamos responder como Charlotte, pero quién dice que la respuesta de Samantha sea la equivocada. ¿Acaso no pueden ser válidas las dos posturas? Vivimos en una sociedad en la que, aún a día de hoy, el sexo sigue siendo un gran tabú. Hablamos de ello en reuniones con amigas, leemos artículos sobre cómo conseguir mejores orgasmos en Internet y hasta nos atrevemos con vídeos porno. Pero cuando se trata de hablar sobre la libertad que tiene cada uno para acostarse con quien quiera y cuando quiera, parece que todavía esa conversación se nos atraganta.

0949b166a9c612d40a7a6254f613e976

“Mi consejo es que te acuestes con tantas personas como sea posible”. (Crueles intenciones, 1999)

Recuerdo que cuando rompí con mi primer novio, el sexo me daba miedo. No sabía si sería capaz de compenetrar con alguien porque, para mí, hasta ese momento, sólo había existido él. Tras pasar por la fase de autodestrucción absoluta y flagelamiento sentimental, empecé a animarme a conocer nuevos chicos. Al principio, cada vez que me iba a la cama con alguien, de forma inconsciente pensaba “ya somos novios”. ¿Por qué? ¿Por haber compartido apenas unos minutos de pasión entre las sábanas? Pero no te das cuenta de cómo funciona hasta que llega alguien que te cambia ese concepto y aprendes que el sexo no es más que un acto físico, apasionado, necesario y reconfortante —en la mayoría de casos, con suerte— entre dos personas que se atraen y que tienen ganas de pasarlo bien.

Es lo bueno de estar abierta al sexo sin amor. Que nunca sabes con quién te puedes encontrar y lo que te hará sentir. Aunque también es cierto que cuando te acuestas con alguien por quien no sientes nada es complicado. Conozco muchas mujeres, entre las que me incluyo, que no les gusta acurrucarse con el hombre después de haber terminado, o acariciarse cariñosamente la espalda mientras recuperan energías para el segundo asalto. Y quizás, ante sus ojos, pareces una mujer fría y distante que solo piensa en llegar al orgasmo o qué postura será la más placentera. Nos da igual, porque a veces podemos comportarnos “como hombres” e ir directamente al grano, sin necesidad de frases de amor, serenatas en la ventana o poesías de bachata, como cantaba Romeos Santos con Nicki Minaj en Como animales. Los momentos íntimos preferimos reservarlos para cuando estamos con alguien especial.

tumblr_mxrnwijiQI1rbgu1so1_

Ha sido un placer conocerte… ¡hasta la próxima! (Amor y otras drogas, 2010)

Aunque de repente, de la nada, puede aparecer ese alguien especial en tu vida que tira todos esos muros abajo y te hace pasar una de las noches más increíbles. Hasta parece que se conocieran de siempre, sobre todo cuando tus ganas de estar con él superan a todas las expectativas de si será bueno o no en la cama. Pero ese tipo de conexiones inexplicables no son fáciles de encontrar. Quizás te ocurre una vez en la vida, y cuando tu estómago lo siente, tienes que aprovecharlo. Yo lo confieso. La mejor noche que he pasado en toda mi vida no ha sido estando en pareja, sino con alguien a quien había conocido de hacía unos meses y por quien sentí un flechazo instantáneo. La primera vez que nos besamos e hicimos el amor —porque sí, a pesar de que no nos amábamos, yo sentí que hicimos el amor— hubo una auténtica explosión de luz y color, como si hubiera despertado la pólvora de mil millones de fuegos artificiales que vivía almacenada en mis venas. Aún a día de hoy sigo cerrando los ojos para revivir aquella noche… no me dio tiempo a enamorarme, pero tampoco he podido olvidarle.

Cada uno entiende el sexo a su manera y, sea como sea, no debemos juzgar a nadie.Yo, por ejemplo, puedo acostarme con alguien a quien no amo, pero tengo que conocerle de antes. Aunque sea una pequeña conversación o varios días de preámbulos. Además, también tengo un filtro —todas las mujeres lo tenemos, pero muchos hombres lo han perdido—, no puedo irme a la cama con cualquiera. Aunque no le quiera para involucrarme en una relación, también tiene que cumplir ciertos requisitos. Hay mujeres que pasan la noche con un hombre que recién acaban de conocer en una noche desenfrenada de discoteca. Yo eso no puedo hacerlo, porque no soy yo, porque no me pega y no me sentiría cómoda yendo a casa de alguien que conocí un par de horas antes emborrachándonos entre copas y canciones de Juan Magán. Pero no por ello llamo “guarra” o “puta” a una mujer que lo hace. Con qué derecho nos sentimos juezas de la vida y las decisiones de otras mujeres para calificarlas con semejantes palabrejas que nos trasladan al pensamiento típico de la Edad Media.

8290aa4475b8b1c1bee3ecc5da6f079b

– “El sexo sin amor es una experiencia vacía”. – “Sí, pero de todas las experiencias vacías, es la mejor”. (La última noche de Boris Grushenko, 1975)

Todos tenemos el poder de decidir cuándo y con quién. Mientras haya respeto y un acuerdo mutuo, nadie tiene por qué salir herido. Eso sí, lo que no vale es mentir. Porque las mujeres —la mayoría de las veces— decimos las cosas claras e intentamos que la otra persona no se haga ilusiones si lo único que queremos es pasarlo bien. Pero parece que eso a los hombres les cuesta más. Para muchos de ellos las expresiones “ser valiente”, “dar la cara” o “ir de frente” no se han desarrollado en lóbulo frontal de su cerebro, y es entonces cuando se convierten en Ilusionistas y te hacen daño. A mí me costó entenderlo, pero al final aprendes que Samantha no iba tan desencaminada. Que hay tiempo y momento para todo, tanto para el sexo como para el amor, y que los dos conceptos no tienen por qué estar eternamente ligados. Y, así, ella podía podía disfrutar en cada capítulo del sexo sin amor. Lo que para mí sería inconcebible es pasar toda una temporada como Charlotte, atrapada en un matrimonio de amor sin sexo. ¿Estamos locos o qué?

Aunque sí debo admitir que el sexo sin sentimientos nunca podrá equipararse al hecho de hacer el amor con alguien a quien amas. Porque “follar” es un acto animal. Hacer el amor implica algo mucho más grande. La explosión de sentimientos que se despierta durante ese momento es inmensurable, porque no solo te acuestas con alguien que te gusta, sino con alguien por quien tu corazón se agita de forma descontrolada con tan solo sentir el roce de sus labios. Además, la confianza que puedas llegar a tener con tu pareja es difícil reproducirla con otros a los que apenas conoces. Y yo no cambiaría esa sensación por ningún polvo rápido, por muy bueno que fuera. Porque, al fin y al cabo, cuando te acuestas con alguien que en vez de llevarte al cine te lleva a directamente a su casa o a descampados en coche o te manda mensajes para preguntarte si estás disponible esa noche es vez de darte los buenos días, una parte de ti se siente vacía. Por eso hay que ir con cuidado, y no entregar el corazón a alguien que no te ha pedido nada más que un ratito de diversión.

Echo de menos el sexo. A veces se necesita. Es como estirar el cuello.

+ ¿Por qué siempre traerá complicaciones?

Y emociones.

+ Y culpabilidad.

¡Culpabilidad!

Destinados a no ser

Algunas personas están destinadas a enamorarse, pero no a estar juntas. Así de triste, así de sencillo. Dicen que pasan por tu vida para enseñarte lecciones, para destruirte o para hacerte más fuerte. No siempre son historias de amor buenas, pero lo que sí está claro es que son amores que marcan. Algunos duran meses, incluso años. Otros apenas dan para unas semanas. No importa el tiempo que sea, son los suficiente intensos como para dejar grabada a fuego lento una huella en tu piel que nunca conseguirás borrar.

"A veces, si realmente amas a alguien, tienes que aprender a dejarle ir". (The Carrie Diaries)

“A veces, si realmente amas a alguien, tienes que aprender a dejarle ir”. (The Carrie Diaries)

Paulo Coelho dice que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores. Uno con el que logras la compenetración máxima, con el que seguramente te casarás o decidirás compartir el resto de tu vida. Pero nunca podrá equipararse a tu otro amor, alguien con el que sentirás una conexión y una química tan fuertes que escapa a todas las leyes de la lógica y la razón, pero al que siempre terminarás perdiendo. Por mucho que lo intenten nunca encontrarán un final feliz, hasta que se rinden y terminan hallando la paz junto a otro que lo sustituya.

¿Se te viene alguien a la cabeza? A mí sí. Yo tuve un amor de esos, de los que entran a tu vida y lo ponen todo patas arriba. Llegó sin avisar y desordenó mi corazón y mi mente de una forma inexplicable. Supe que era él desde el primer momento en que le vi. A lo mejor resulta absurdo decir que fue amor a primera vista, pero se le parecía mucho. No sé si fueron sus ojos, sus manos, su sonrisa o cómo sonaba mi nombre en sus labios, lo cierto es que durante el tiempo que estuvimos juntos realmente llegué a sentir que nadie se le podía comparar a él. Lo era todo, absolutamente todo para mí. Y mucho me temo —y espero— que nunca volveré a amar con tanta intensidad.

"No puedo aceptar que nuestra historia no tenga un buen final" (One Three Hill)

“No puedo aceptar que nuestra historia no tenga un buen final” (One Three Hill)

Antes de rendirnos, fuimos eternos. Yo se lo prometí. Juré que seríamos infinitos, que perderíamos la cuenta de las lunas y los soles bajo los que haríamos el amor. Y que ni las barreras del tiempo o la distancia iban a impedir que estuviéramos juntos. Pero me equivoqué. Al final me di cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro, por mucho que me empeñara en seguir manteniéndole en un pedestal, él no era para mí. Sin embargo, la mente en estos casos no atiende a razones, porque tu corazón grita mucho más fuerte que sí, que es él, que no le puedes perder porque entonces nada será igual.

Pero tienes que ser valiente y dejarle ir, porque, de algún modo, sabes que tu felicidad no está a su lado. Dejar ir no significa renunciar, sino aceptar que hay cosas que no pueden ser. Y cuando dejas de buscar porqués, simplemente te rindes ante la imperativa de que no están hechos para estar juntos. No importa cuánto le ames o que sientas que tu corazón se va a morir cuando deje de latir por él. No-puede-ser.

Por mucho que te empeñes en quererle, una parte de ti sabe que su historia no terminará coronada por un “y vivieron felices y comieron felices” por diversos motivos. A lo mejor él no sabe amarte como tú lo necesitas; quizás entienden el mundo de formas opuestas; o porque sus sueños y proyectos no les permitirán seguir de la mano trazando el mismo camino. A veces la única forma de ser feliz es aprendiendo a caminar solo. Por mucho que duela, por mucho que cueste, hay que desprenderse de esas personas que son como un peso en tus alas y solo podrás abrirlas y volar bien lejos cuando te alejes de él.

"Solo porque no podamos estar juntos no significa que no te ame". (Gossip Girl)

“Solo porque no podamos estar juntos no significa que no te ame”. (Gossip Girl)

Al final llegará el momento en que tocará decir adiós. Podrás hacerlo a través de una carta o decírselo con lágrimas en los ojos. No importa como sea la despedida; sabes que le echarás de menos, ahora y siempre. Te costará desprenderte de él porque pasa demasiado tiempo en tu mente y porque sueñas constantemente con él, porque en cada esquina esperas encontrarle y porque una parte de ti seguirá manteniendo el pie en la puerta para que no se cierre. Incluso habrá momentos que compartirás con otra persona en el futuro y en bajito tu mente pensará: ojalá hubieras sido tú.

Pero te repetirás una y otra vez que no puede ser, no con él. Porque, por mucho que luches contra el destino, hay caminos que nunca vuelven a encontrarse. Porque hay amores que no superan las barreras del tiempo y la distancia, que no cruzan mares, ni montañas, ni ciudades enteras. Porque hay amores que no podrán tener nunca su final feliz. Como bien escribió Cortázar, hay amores que, simplemente, están destinados a no ser.

* Sigo intentando encajar tu mano en la mía, cuando los dos sabemos que no se pertenecen…

 

Como niños con muñecas

Hace poco empecé a quedar con un chico. Las primeras semanas todo iba bien. Me daba los buenos días con mensajes bonitos, me sorprendía con fotos de su rutina diaria y cuando quedábamos me hacía sentir muy cómoda, tanto que empecé a bajar la guardia y a dejarme llevar más de la cuenta —qué tonta, como si fuera una principiante en esto de las citas y el amor… ¡nunca aprendemos!—. Todo marchaba a la velocidad perfecta, hasta que, de la noche a la mañana, como si hubiera sido poseído por un espíritu maligno, cambió por completo su actitud conmigo.

Me mandaba mensajes extraños y sin sentido, a veces hasta dañinos, tenía actitudes de machito pasota y se pasaba días sin escribir o le daba igual que lleváramos semanas sin vernos… Y yo en seguida empecé a recular, porque menos mal que ya me los veo venir de lejos y he aprendido a pararles los pies a tiempo. Antes me sentaba a darle vueltas a la situación, leyendo y releyendo los mensajes, buscando alguna clave o alguna pista que explicara por qué de repente actuaba así conmigo, porque es inevitable que te preguntes si has hecho algo mal. Algún motivo habrá para que de repente haya decidido empezar a alejarse de ti, ¿no?

tumblr_m8gp9zCHle1r16ny6o1_500

Así reaccionamos cuando llega la noche, lo ves en línea, y no ha tenido la decencia de contestar a tus mensajes en todo el día… (Awkward)

Pues no. No es culpa tuya, ni has hecho nada malo. Se trata de una estrategia que sigue el 90% de la población masculina cuando está intentando ¿seducir? a una chica: empiezan a jugar. Lo hacen muchos, no quiero decir todos, pero sí la gran mayoría de los hombres que he conocido —y no sólo yo, todas mis amigas tienen una larga lista de jugones engreídos en su historial—. Juegan a molestar, a confundirte, a hacerte sentir mal, a hacerte saber que no eres su prioridad, y se convierten en seres soberbios e incomprensibles… en definitiva, juegan a ser imbéciles. No sé qué debe pasar por su cerebro durante esos momentos, pero puedo imaginarme un debate interno tipo así: “Llevo unas semanas quedando con la misma chica, me gusta cómo me siento cuando estamos juntos, incluso creo que podría plantearme tener algo serio con ella. ¿Cuál debería ser el siguiente paso? Ah, sí, ya sé. ¡Fastidiarlo todo!”.

Yo soy la primera que he jugado con algunos hombres. Pero no porque quiera, sino porque te sientes obligada a hacerlo. Y me refiero a esas estrategias que ideamos las mujeres para hacernos las interesantes o ponerlos a prueba —o rebajarnos a su altura con tal de que nos hagan caso—. Todas hemos dicho alguna vez eso de “hoy no le voy a escribir yo primero” o “le escribí y me contestó dos horas más tarde, así que hasta dentro de tres horas no le pondré nada”. Pero eso son medidas desesperadas ante situaciones de emergencia, sobre todo cuando sospechamos que el señorito en cuestión no tiene tanto interés por nosotras como nos hace creer. Porque a veces es verdad que simplemente no son lo suficiente valientes para decírtelo a la cara: que no le gustas o que ya no quiere seguir saliendo contigo y no sabe cómo deshacerse de ti. “No recibir ningún mensaje es un mensaje”, leí el otro día. Pues sí, pero siempre nos cuesta pillarlo.

FraseBlog1

No actúes como si te importara… sobre todo cuando llevas todo el día pasando de mí.

¿Pero qué pasa cuando te confunde? Cuando dice y hace cosas que tú interpretas como que realmente le gustas de verdad, y al día siguiente actúa como si le importaras un carajo, y que no es capaz de mandarte ni un triste mensaje porque no se ha acordado de ti en todo el día o que no puede hacerte un hueco en su apretadísima agenda porque está muy ocupado —quedando con otras, seguramente—. Pues no hay que dejar que se vayan de rositas, hay que plantarles cara. Seguramente te llevarás un espantón tipo “no eres mi novia, no tengo por qué darte explicaciones de nada”, pero al menos le harás saber que no eres estúpida y que te estás dando cuenta de que está jugando contigo. Sólo uno me ha reconocido que estos juegos están premeditados, y que lo hacen porque tienen la extraña convicción de que es la única forma de que no pierdas interés por él. ¡Qué error! Pero para que vean a lo que me refiero, les ofrezco un extracto de esa conversación que mantuve con él:

– ¿Qué te pasa últimamente? Estás más raro…

– ¿A qué te refieres?

– No te hagas el tonto. Llevas unos días pasando de mí y cuando me hablas no haces más que picarme y meterte conmigo… me gustabas más cuando me decías cosas bonitas.

– No sé de qué te quejas. Te trato bien el 75% del tiempo.

-…….. y qué pasa con el 25% restante??

– Si te trato bien siempre te terminarás aburriendo, entonces tengo que darte caña de vez en cuando para mantenerte a raya. Así es como funciona.

– Perdona, dirás que así es como funciona con las niñatas, porque conmigo no. A mí lo que me aburren son estos juegos.

– No te hagas la digna ahora, todas las mujeres son iguales, y sabes que te gusta que sea así contigo.

SandyFake

“Eres un falso y un hipócrita y ojalá nunca me hubiera fijado en ti”. (Grease, 1978)

Qué equivocado estaba, el pobre. Hay algunos que por muchos años que cumplan siguen conservando la mentalidad de un niño de primaria y se creen que tirarle del pelo a la niña que le gusta es la única forma de hacerse notar. Si aplicamos esa misma lógica al bando contrario, entonces ¿las mujeres también tendríamos que actuar igual que ellos? ¿Y qué conseguimos con eso? Yo te ignoro, tú te haces el duro, dejamos de hablarnos… ¡Uhhh qué excitante!

Sí es verdad que en algún momento de mi vida, cuando era inocente e inexperta —y un poco tonta, todo hay que decirlo—, sentía cierta debilidad por los malotes que pasaban de mí… y aún hoy sigo cometiendo ese fallo de vez en cuando. Algunas, por desgracia, se quedan estancadas en esa fase bastante tiempo. Pero también debo admitir que nos agobia que un chico nos baile el agua todo el tiempo o que nos acose como un perrito abandonado en busca de una dueña que lo alimente. Ni una cosa ni la otra. Los que sí valen la pena son los hombres que juegan a enamorar con detalles y a seducir con sonrisas, los que te tratan con picardía y caballerosidad al mismo tiempo, los que te dicen “me gustas” con sinceridad mirándote a los ojos o te escriben “tengo ganas de verte” sin miedo a expresar sus sentimientos. Porque si eres un niño al que le gusta jugar con Barbies, lo respeto, pero no intentes poner en práctica esas tonterías con una mujer madura que tiene las cosas claras y sabe lo que busca, porque al segundo aviso de bebé a bordo te invitará a darte media vuelta para que te marches por donde has venido.

18-Friends-with-Benefits-quotes

“Lo triste es que realmente pensaba que eras diferente”. (Con derecho a roce, 2011)

No es que sean ilusionistas, yo creo que en el fondo no lo hacen con maldad, sino que son tontos. Y al final, por culpa de los ridículos jueguecitos, pasan de “¡ay, es tan lindo!” a ser descritos como “¡este tío es imbécil!”. ¿Acaso no es más fácil ser sincero e ir de frente? ¿Qué hay de malo en decirle a una mujer que te gusta de verdad o que solo quieres pasarlo bien con ella? Si lo que que buscas es sexo, dilo. Y si lo que te interesa es una relación, también. A veces ocurre que no están seguros de dar el paso a evolucionar contigo porque creen que podrían encontrar algo mejor, pero te mantienen danzando a su alrededor por si acaso. Y así, te conviertes en su plan B. Cuando intuyes que eso pasa, especialmente cuando no hace planes concretos contigo o lo deja todo en el aire —”Ya vamos viendo”, es su frase favorita—, es mejor poner las cartas sobre la mesa y preguntar; a lo mejor te llevas un zarpazo, pero yo prefiero salir con otro rasguño en el corazón a perder mi tiempo con alguien que no me regala ni un minuto del suyo. Porque ninguna nos merecemos que nos traten como a un plan B. Yo quiero ser plan A, B, C y todo el abecedario junto.

Y ya que a muchos les gusta citar a Bob Marley, deberían aprenderse bien de memoria esta frase suya: “La mayor cobardía de un hombre es despertar el amor de una mujer sin tener la intención de amarla”. Podrían tatuársela por todo el cuerpo y repasarla de vez en cuando como un mantra para recordar que una mujer no es una muñeca, que no se puede jugar con ella hasta cansarte y luego tirarla a la basura para marcharte a jugar con otra. ¡Eso no se hace!

* He estado ciega demasiado tiempo y ahora estoy cansada de seguirte el juego. Cuando nazca el alba estaré lejos, muy lejos de ti.

 

La magia del principio

Si tuviera que escoger un solo momento de una relación, serían los inicios. Son mágicos. Sobre todo porque tienen la capacidad de convertirte en una persona completamente nueva. A algunos se les transforma el carácter, muchas veces para bien: los amargados se endulzan, los negativos de repente creen que todo es posible, los rencorosos se convierten en personas amables. Unos se vuelven empalagosos —demasiado, quizás— y otros de repente descubren que tenían un lado romántico oculto bajo tanta capa de desilusión amorosa. Como Miranda cuando empezó a salir con Steve, y pudo decir por fin las dos palabras que nunca se había atrevido a pronunciar hasta ese momento: “te quiero”. Yo, por ejemplo, odio el sonido del móvil, pero en cuanto empiezo a quedar con un chico se convierte automáticamente en música celestial para mis oídos, porque cada vez que oigo un bipbip se me desboca el corazón pensando que puede ser él.

Al principio estas mas feliz que Aurora despus de haber encontrado a su príncipe

Al principio estás más feliz que Aurora después de haber encontrado a su príncipe azul en el bosque. (La Bella Durmiente, 1959)

Y es que, cuando empiezas una relación, todo a tu alrededor cambia. Sabes que el mundo sigue girando ahí fuera, pero te sientes tan especial que parece que ya no formas parte de todo el barullo que te rodea, y vas por la calle dando saltitos como Heidi por los Alpes, cantando new love, new life with this new man con una sonrisa incontrolable que se ha instalado en tu boca de forma semi-permanente. Como si te hubieras mudado a vivir a una nube de la que nadie te puede hacer bajar, y esperas quedarte ahí durante mucho tiempo porque se ha convertido en tu refugio favorito, un altar de algodón donde te sientes segura, feliz y especial. Porque ahora tienes a alguien que cada día te hace saber que eres especial.

Cada vez que quedas con él te pones más nerviosa que una niña en la mañana de Reyes, ansiosa por descubrir algo nuevo sobre él, porque cada detalle que revela sobre su vida, su familia o sí mismo lo recibes como un regalo envuelto en el papel más bonito y delicado del mundo: su confianza. Y al despedirte, ya estás pensando en cuándo podrás verle de nuevo. Porque en parte tienes miedo de que todo esto que estás sintiendo desaparezca, que al día siguiente ya no esté o ya no siga siendo lo mismo. Y te despiertas por la mañana con la sensación de que todo ha sido un sueño, pero ves en la pantalla de tu teléfono un mensaje con su nombre que lo desmiente. Bueno días, princesa. ¡Está pasando de verdad!

Sonríes sin poder evitarlo cuando piensas en él, y te quedas embelesada repasando mentalmente cada una de las cosas bonitas que te ha dicho hasta ahora —que para ti es el 85% de lo que sale de su boca—. Y quieres retener en tu cabeza todo lo que estás viviendo a su lado, como si anotaras en un trozo de papel los detalles de la próxima novela que vas a escribir o las primeras notas de una canción que quieres componer, porque, al fin y al cabo, te das cuenta de que te estás convirtiendo en la protagonista de una nueva historia de amor.

Te quedas ensimismada pensando en él, en su sonrisa, en sus ojos...

Te quedas ensimismada pensando en él, en su sonrisa, en sus ojos…

Cada gesto es una imagen que merece la pena almacenar en forma de recuerdo, y te empeñas en tomar fotografías mentales parpadeando muy fuerte los ojos cuando quieres que ese instante se congele y quede para siempre grabado en tu retina. Sensaciones, detalles, momentos especiales… Millones de mariposas revoloteando en tu estómago cuando apoya suavemente su mano en tu cintura. Clic. La primera vez que te coge de la mano y pasean durante horas por el parque. Clic. Él esperándote en el portal de tu casa para llevarte a cenar. Clic. Cuando te mira fijamente a los ojos y descubres un mundo nuevo en los suyos. Clic. Su sonrisa nerviosa antes de atreverse a darte el primer beso. Clic. Mensajes tontos que no tienen sentido pero que para ti lo significan todo. Clic. La primera vez que despiertas a su lado. Clic con flash. ¿Existe momento más revelador que ese en el que piensas: me gustaría compartir cada amanecer contigo? Despertar y ver cada mañana a la misma persona… y es ahí cuando te das cuenta de que estás pasando a la siguiente fase. Oh, no, mierda, ¡me estoy enamorando!

Y así, poco a poco, empiezas a construir una cajita para meter los nuevos recuerdos que irás construyendo al lado de esa persona. Llegará el día en que tendrás que desempolvarla y sumergirte dentro de ella, bucear por los buenos momentos que vivieron juntos al principio, cuando todo parecía posible y nadie podía detenerlos. Porque, tristemente, el principio llegará a su final. Y no me refiero al final de la relación, sino cuando nos olvidamos de alimentar la ilusión, de hacer cosas el uno por el otro, de las tonterías que nos alegraban el día, de los mensajes inesperados y los detalles porquesí.

Porque hay formas de luchar contra los años, la desidia y la rutina, pero muchas veces uno de los dos —o los dos— desiste, abandona la batalla y la llama termina por apagarse, porque es muy difícil que uno solo logre mantenerla encendida. Como me dijo una vez una mujer muy sabia, el amor es como una planta, si no lo riegas cada día, se muere. Y es lo que yo intenté hacerle entender a J, cuando después de dos años de relación empecé a sentir que las cosas ya no eran como antes. “¿Qué pretendes? ¿Qué tenga las mismas ganas de verte como al principio? No seas ilusa, tú sabes que el amor después de un tiempo se pierde y se convierte en cariño”, fue su respuesta. Y en aquel momento me hizo pensar que quizás era cierto, ¿acaso la madurez emocional de una pareja reside en la pérdida de la magia?

200_sh

“Me encanta cómo me hacer sentir. Como si todo fuera posible. Como si la vida valiera la pena”… y no deberíamos perder eso nunca. (500 días juntos, 2009)

Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no tenía razón, y ahí fuera existe una realidad bien distinta a la que él pretendía venderme. Tengo una amiga que lleva casi 10 años con su novio, y el año pasado le preparó una cena romántica sorpresa por su cumpleaños. Él lloró de la emoción y le dio las gracias con tanto amor, como si fuera el primer cumpleaños que celebraban juntos. Ellos reflejan ese tipo de parejas que hace que merezca la pena seguir creyendo que, a veces, el amor sí funciona por encima de todo. Tienen sus malas rachas, como todos, pero siguen ahí, remando uno al lado del otro para seguir avanzando hacia un futuro juntos. De alguna manera, han descubierto cuál es el ingrediente secreto para que las ganas y la ilusión no decaigan. Yo sigo buscando entre las páginas de libros de cocina, a ver si algún día lo encuentro.

Por eso hay que vivir al máximo cada inicio, porque nunca sabes cuándo se echará todo a perder y esos bellos instantes se convertirán en pura nostalgia. Aunque sí puedo admitir que, por mucho que haya pasado el tiempo y por muy mal que hayan terminado las cosas con un antiguo amor, siempre que echo la vista hacia atrás me reencuentro con instantes hermosos, y todos pertenecen a los primeros capítulos. Hay uno en concreto que nunca olvidaré. Una mañana que me desperté y él me había dedicado una de las baladas más perfectas que existen en este mundo: I don’t wanna miss a thing, de Aerosmith. Y en ese preciso instante, como de la pequeña llama que se convierte en hoguera, lo supe. Me enamoré de él, del momento. Ese, para mí, fue el principio imborrable de nuestra historia. Y nunca llegué a entender por qué perdimos esa magia.

Podría pasar mi vida en esta dulce rendición, podría perderme en este instante para siempre, porque cada momento que paso contigo es un momento que atesoro…

Directos a las tercera base

Los americanos tienen una forma curiosa de describir lo que ocurre en cada cita. Como si de un partido de béisbol se tratase, avanzas hacia adelante en una relación cuando consigues llegar a la siguiente base. “Directos a la primera base, tío”, presume un hombre cuando le cuenta a sus amigotes que se ha acostado con una chica en la primera cita. O “no he llegado ni a la segunda base”, comentan apenados si no han logrado ni robarle un beso a su conquista. Para saber realmente de qué hablan a nuestras espaldas, es mejor descubrir qué se oculta tras este lenguaje en clave.

Tiffany

¡Ay, que me sonrojo!… Cómo nos gusta que un hombre nos halague en la primera cita. (Desayuno con diamantes, 1961)

Primera base. Primera cita, primer contacto, primeras impresiones. Es quizás el
momento más tenso de todos, porque sabes que te la juegas a todo o nada. Leí el otro día en la revista Grazia una lista de requisitos que las mujeres esperan que el hombre cumpla en una primera cita, como ser puntual, decirle lo guapa que está, oler bien y hacerle muchas preguntas. De todas, creo que esta última es la más importante. Resulta terriblemente odioso estar en una cita con un hombre que no se interesa por ti, y que solo hable de sí mismo o que no hable en absoluto. Me pasó una vez. Quedé con un chico que hablaba muuuucho, pero solo de sí mismo, y la conversación -o más bien, el monólogo- se reducía a: “yo, mis músculos, yo, mi pelo, yo, mis camisetas que tienen un escote más sexy que el tuyo, yo, lo bueno que me creo que estoy…”. Y entre tanta retahíla narcisista no hubo ni un triste “Oye, ¿y tú qué música escuchas?” o “¿Cuál es tu película favorita?” NADA. ¿Tuvimos segunda cita? Of course not. Pero si logras conectar con la persona, a pesar de los nervios y de las torpezas que puedas cometer en una primera cita, es emocionante cuando decides que sí te gustaría volver a quedar con él; especialmente porque que te mueres por llegar corriendo a la segunda base.

Vagabundo

Si nos comemos el mismo espagueti, ¿cuenta como un beso? (La Dama y el Vagabundo, 1955)

Segunda base. El beso. Yo no soy partidaria de besar en una primera cita, creo que el primer encuentro está destinado a algo un poco más profundo, a conocer a la persona de verdad para determinar qué tipo de relación te gustaría desarrollar. Además, si lo guardas para una segunda cita, lo recibirás con más ganas. También debo admitir que, cuando un chico me atrae mucho, me paso todo el camino de vuelta a casa esperando a que ese momento suceda justo antes de despedirnos, y si no me besa, me quedo como decepcionada. Pero, al mismo tiempo, nos quejamos cuando todo pasa muy rápido, y pensamos que si un hombre nos besa en la primera cita es porque quiere ir directamente al sexo. Ante la duda, consulto siempre con mis asesores masculinos para conocer las estrategias del equipo contrario. Y esto es lo que me confesó, en primicia, mi amigo U:
“Para mí, siempre una primera cita es una primera toma de contacto. Si la chica me gusta de verdad y me interesa para algo serio, no la besaría. Pero si veo que en ese momento no me cuadra mantener con ella una relación en el futuro pero hay atracción física, pues probablemente sí buscaría el beso y también sexo, por qué no. Aunque siempre dejando claro cuáles son mis intenciones”. Conclusión: si un chico no te besa en la primera cita
pero quiere volver a quedar contigo, es buena señal.

Tercera base. Sexo. Aquí entramos en materia interesante. Yo, como mujer, reconozco que muchas veces me he frenado a la hora de acostarme con un hombre la primera vez que le veo en persona. Sobre todo porque siempre está esa duda de “¿y si piensa que soy una facilona?”. Y, si lo he hecho, es porque he determinado que no me interesa mantener con él una relación seria, que sólo lo quiero para divertirme un rato. Supongo que para los hombres es igual. Aunque leí hace poco una frase de la actriz australiana Jacki Weaver que me hizo reflexionar sobre este tema: “Creo en el sexo en la primera cita. Si no, ¿cómo sabes si merece realmente la pena tener una segunda cita?”. Entonces, ¿realmente es sensato posponer el sexo hasta a tercera cita o más allá? Porque, si bien es cierto que la compatibilidad sexual es un elemento esencial dentro de una relación, no tendría sentido tener seguir quedando con alguien para luego descubrir que no se entienden en la cama.

PElotas

¿Llevas tres semanas saliendo con este tío y todavía no le has visto las pelotas?

En general, las mujeres solemos respetar bastante las diferentes bases como algo natural, aunque a veces nos venimos arriba y podemos ir directamente a la tercera base a darlo todo, según el momento y la persona… Pero da igual en la base en la que nos encontremos, siempre habrá disconformidades e inseguridades que nos rondan. Si te besa en la primera cita, bien, porque te gusta y te apetecía, pero te preguntas: ¿será que no me quiere para algo serio? Si tiene sexo contigo la segunda vez que se ven, perfecto, porque te pone como una moto y reconoces que no podrías haber esperado a un tercer encuentro, pero la duda se instala en tu cabeza: ¿estaremos yendo demasiado rápido? Si te coge de la mano, te acaricia el pelo o tiene detalles contigo, estupendo, porque te das cuenta de que es cariñoso y te encanta que te trate como a una princesa, pero no puedes evitar asustarte un poco: ¿ya me está tratando como a una novia cuando en realidad apenas nos hemos visto un par de veces?

Lo que sí resulta extraño es cuando un hombre pospone el beso y el sexo hasta la quinta o la sexta cita. Ahí todas empezaríamos a tener dudas sobre qué busca realmente esa persona, incluso te planteas que a lo mejor solo queda contigo porque disfruta de tu compañía y de tu amistad. Y eso le pasó a una amiga mía. Empezó a salir con un chico, y cuando quedaron por tercera vez a todas nos extrañó que todavía no hubiera habido ni un tímido beso. —¿Nada de nada? —Nada de nada tía, yo creo que no le gusto. —Pero, entonces, ¿por qué queda contigo? No tiene sentido. ¿Será que es muy tímido? —No sé, pero si a la próxima no pasa nada, creo que voy a dejar de quedar con él, porque me gusta de verdad y no quiero seguir haciéndome ilusiones… Luego descubrimos que tenía miedo de lanzarse porque no sabía interpretar las señales que ella le enviaba. Pero si quedas más de tres veces seguidas con alguien, ¿qué más señales esperas? ¡Al ataque, hombre! En estos casos, sí que está permitido saltar directamente a la tercera base. Y más vale que la espera haya valido la pena. Si es así, te levantarás por la mañana como Joseph Gordon-Levitt en 500 días juntos.